La vuelta al mundo en violonchelo

0001598382_560x560_jpg000Cuenta Carlos Prieto, ilustre violonchelista y escritor mexicano, como una historia apasionante de casualidades su relación con
Cádiz. Como un libro de peripecias, una de tantas que cuenta en su libro Las aventuras de un violonchelo, que ayer presentó en la Casa de Iberoamérica. Prieto, incansable investigador y viajero, obseso de su instrumento, un Stradivarius conocido como violoncello Piatti por el nombre de uno de sus dueños, relata al periodista la manera en que conoció a un buen número de gaditanos, cuando en realidad llegó aquí para conocer un poco más de la historia de este singular instrumento.

Y dice Prieto que la historia de su libro empezó en su interés por “dónde y en qué manos había estado” el violonchelo que adquirió en la Fundación Marlborough de Estados Unidos, donde se encontraba en 1978 y donde nadie lo tocaba. “Cuando los instrumentos no se tocan pierden la voz”, lamenta, y la Fundación lo puso en manos de una empresa que se dedicaba a la compra y venta de instrumentos, que se puso en contacto con él, a través del especialista de esa empresa, que era muy amigo de Prieto.

“Yo ya tenía otro chelo de Stradivarius -confiesa- y le dije a mi amigo que no me interesaba, que sonaba mejor el mío. Y él me dijo, mira no, lo que pasa es que este chelo ha enmudecido, porque no se toca, pero llévatelo un tiempo sin compromiso, y tócalo, es decir dale una muy intensa conversación. Y así fue recuperando la voz. Y finalmente cambié el mío por este. Desde 1979 me acompaña en mis conciertos”.


Y tan pronto como en esa fecha, dice Prieto que empezó “a encontrar tantas cosas interesantes en el instrumento que mi interés se convirtió en obsesión, y me convertí en algo así como un detective dedicado a investigar la vida de mi violonchelo. Entonces, aprovechaba cada gira musical por países en los que había estado mi violonchelo para ir a averiguar cosas. Lo hice con España, porque sabía que había estado aquí. Vine a Cádiz y tuve mucha suerte, la gran suerte de conocer a una serie de personas que me ayudaron, como don Federico Joly, del Diario de Cádiz, y otras personas, como Esperanza Sada, de la Biblioteca de Estudios Gaditanos”.

Y aquí empezaron las benditas casualidades. “Cuando supe que el violonchelo había estrenado una obra de Haydn en la Santa Cueva (Las siete palabras de Cristo en la cruz), vinimos desde Sevilla, donde acababa de dar un concierto. Con mi mujer nos dirigimos inmediatamente a la Santa Cueva, con un calor infernal. Era verano, no había nadie. Y yo le dije a mi mujer, bueno por lo menos tomamos algunas fotos de donde estuvo el violonchelo… Y en ese momento salían dos señoras de allí mismo. Mi mujer llevaba un libro de María Pemán, donde se trataba de asuntos relacionados con esto, y entonces nos preguntaron, y mi mujer les contestó, que estábamos investigando la vida de un violonchelo que dio algún concierto en la Santa Cueva. Estas dos señoras eran Merche Cañizares y Adela Leonsegui, que trabajaban en la parroquia del Rosario, y se convirtieron en nuestras guías, yo les llamo nuestras salvadoras, porque empezaron a ponernos en contacto con gentes, a abrir puertas, fuimos a hablar con Federico Joly, que nos fue de una gran ayuda… Y así nos enteramos de que el instrumento estuvo, en manos de un violonchelista irlandés, Allen Dowell, que había vivido en el 139 de la calle de las Cinco Torres”.

“Allí nos dirigimos, estaba lloviendo, bajó mi esposa del coche y yo tomaba algunas fotos cuando una joven amabilísima le preguntó a mi mujer, y le volvió a contar la historia. Esta jovencita tan simpatiquísima se llamaba María Sobrino Grosso, nos hizo pasar y nos presentó a sus padres Ramón Sobrino y Refu Grosso. La primera casualidad fue que al preguntarnos de dónde veníamos y decirles que de México, estas personas nos dijeron “qué casualidad, porque tenemos parientes en México”. Al decirnos el nombre de su pariente no nos podíamos creer esa nueva sorpresa del destino: “Melele Grosso”. Y dice mi esposa: “Pero si es tía política mía, la conozco perfectamente bien”. Ramón Sobrino inmediatamente nos dio una gran cantidad de información sobre qué había ocurrido con esa casa a lo largo de doscientos años.

Después de esa gran documentación, más todo lo que conseguimos de Federico, Merche y Adela, además del padre Aquiles López, salí con una información detalladísima y abundantísima, y eso forma un capítulo de este libro, los años del 1762 al 1818″.

Luego el cello viajó a Irlanda de la mano del Dowell, que era comerciante de vino de Jerez, y ayer, aunque de visita, volvió a sonar en Cádiz”.

 

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