La experiencia musical en el cerebro

La música es un patrón regular de ruido que depende de su fuente (instrumento musical), el timbre o calidad de un sonido y la frecuencia (armonía) para atrapar nuestra atención.

La música puede provocar emociones positivas como la alegría, las risas, el apego que inducen conductas de aproximación y bienestar; en contraste, una canción que nos recuerda a una ex pareja puede generar palpitaciones, sudoración, estremecimiento asociadas a emociones negativas como el enojo y la tristeza que generan aislamiento y la sensación de dolor.

Las canciones son excelentes reforzadores de mensajes, acentuadores de emociones y con capacidad de cambiar nuestro estado de ánimo. 

Los procesos musicales están presentes en la cotidianidad. Fragmentos lentos y suave suscitan tranquilidad. Las canciones son excelentes reforzadores de mensajes, acentuadores de emociones y con capacidad de cambiar nuestro estado de ánimo. Nos ayudan a aprender y favorecen la atención o a atraparnos en el éxtasis de aislarnos socialmente hasta llevarnos a la adicción de los audífonos. La hostilidad, ansiedad o irritación se reducen considerablemente al escuchar música instrumental o agradable a nuestro pensamiento.

La música que nos gusta activa áreas cerebrales que favorecen la motivación, reduce el cansancio y otorga la experiencia de que el tiempo pasa rápido. Escuchar nuestra lista de éxitos musicales al hacer ejercicio incrementa el rendimiento físico hasta en un 20%. La música –rock o clásica- puede contribuir a un ambiente de excitación erótica; en contraste, un canto fúnebre inhibe totalmente el deseo sexual.

Cantar favorece un cambio neuroquímico que permite que disminuya el dolor y la depresión. Escuchar música puede ayudar en el tratamiento de algunos trastornos, como el Parkinson ya que ayuda a mejoran el equilibrio y la capacidad para caminar. Tocar el piano induce el placer y ayuda a una rápida recuperación a las personas que tuvieron infartos cerebrales. La música alegre disminuye actitudes agresivas y ayuda a fortalecer al sistema inmunológico. La música instrumental es capaz de disminuir la frecuencia cardiaca, generar que nuestra respiración sea más profunda e incrementa la saturación de oxígeno en la sangre. En contraparte, la música con un tiempo más rápido aumenta significativamente la frecuencia cardiaca, la ventilación, la presión arterial y la actividad motora ¡nos pone a bailar!

Un bebé antes de nacer puede reconocer la música del ambiente, desde el sexto mes de embarazo, lo cual nunca va a perder. El cerebro de un bebé de un año muestra sensibilidad a escalas musicales. La música incluso se entiende antes del lenguaje.

LA MÚSICA Y SU NEUROANATOMÍA

El cerebro interpreta en forma dinámica y por separado de una canción lo siguiente: la frecuencia, el timbre, el ritmo y la intensidad. Escuchar música es un proceso maravilloso de activación cerebral: recepción, emoción, actividad autonómica, cognitiva (aprendizaje) y actividad para movernos al ritmo. Seguir la letra la canción es la consecuencia de activación de módulos neuronales de lenguaje, actividad atentiva y redes neuronales que se activan con frecuencias produciendo emociones. La música se analiza por dos sistemas en paralelo: el ritmo y el compás  que conllevan el análisis del tono y los intervalos.

El viaje de la música en nuestro cerebro inicia en el tímpano, de ahí se transmite a través del tallo cerebral, al mesencéfalo, hasta llegar al tálamo que a su vez proyecta la información a la corteza cerebral auditiva que se encuentra en el lóbulo temporal. Una música agradable activa a los lóbulos frontal y parietal. Ahí, la música se divide para su análisis, se envía al giro del cíngulo y una zona cerebral conocida como ínsula, con lo que nos sentimos cantantes, elevamos la emoción y en un karaoke nos comportamos como estrellas de rock.

El cerebelo nos hace movernos al compás de una cancón pegajosa y se queda con memorias de movimiento 

También la información musical se proyecta al hipocampo, con lo cual evocamos recuerdos, asociamos emociones pasadas, podemos llegar a suspirar y terminar en el llanto. Después, la música se manda en módulos de la amígdala cerebral y ganglios basales que genera emoción, por lo que a veces sentimos enojo o melancolía cuando nos recuerdan un mal amor o definitivamente nos motivamos a seguir en el esfuerzo si estamos haciendo ejercicio; el cerebelo nos hace movernos al compás de una cancón pegajosa y se queda con memorias de movimiento, por lo cual, saber bailar una cumbia o un vals se lo debemos en gran medida a él.

El hemisferio izquierdo es un especialista en el procesamiento del ritmo y el mensaje de la letra. En tanto que el hemisferio derecho detecta el ritmo poético y el tono emocional del lenguaje. La interpretación de la sintaxis musical radica en los lóbulos: frontal y temporal de nuestro cerebro, es decir en las regiones más inteligentes.

Debido a que la música activa patrones de frecuencia de activación del hipocampo parecidos al aprendizaje, una sesión musical puede incrementar los procesos de atención, aunque no nos hace más inteligentes, sí es posible que nos incremente la memoria y la capacidad de atención.Por lo tanto, la música genera plasticidad sináptica.

Nuestro cerebro imagina música, muchas veces cuando escuchamos ciertos instrumentos solemos imaginar que los tocamos, nuestras neuronas en espejo del lóbulo frontal se activan. Aquellas personas que hacen música tienen un ajuste fino en su coordinación sensorio motora, una mayor memoria, sostienen más atención por tiempos cortos y tienen un mayor rendimiento de lectura.

LA MÚSICA Y SU NEUROQUÍMICA

Cuando escuchamos la música que nos gusta, se activan dos áreas importantes para los cambios neuroquímicos en el cerebro: el núcleo accumbens y el área tegmental ventral que son los liberadores más importantes de dopamina. En consecuencia, existe un proceso de felicidad y emoción directamente proporcional al gusto de la música. Más aún si esta música no se escuchó por mucho tiempo o hemos esperado para sentirla otra vez.

La liberación de dopamina puede ser tan grande que reduce la actividad de la corteza prefrontal generando que disminuyamos la atención del entorno, nos sentimos vigorosos acortando la capacidad de filtro social y, en consecuencia, podemos bailar y gritar en un evento público, que de otra manera sería muy difícil de realizar. Este proceso también permite la liberación de endorfinas las cuales generan sensaciones de bienestar y disminución de dolor que junto con la dopamina nos permiten ser más sociables y promover –a través del proceso de la música– un evento adictivo, por eso buscamos repetir las fiestas agradables, ser felices al correr con ciertas melodías motivantes, y recordar con emoción bailes inolvidables o conciertos apoteóticos.

Si el evento de bailar o cantar en público se asocia con varias personas, las cuales comparten con nosotros la felicidad la música de ese momento, el cerebro también es capaz de liberar oxitocina, incrementando la función de apego social, por lo que la música en esta condición, además de ser agradable, genera un proceso de empatía social.

La música permite que diversas estructuras cerebrales se activen y se conecten, induciendo una adaptación positiva para la vida, generando un estado neuroquímico que difícilmente otras actividades pueden hacer; por eso la música viaja a lugares dentro de nuestro cerebro en donde las palabras por sí solas… a veces no pueden llegar.

Eduardo Calixto, médico cirujano con Maestría y Doctorado por la UNAM. Posdoctorado en la Universidad de Pittsburgh PA, EU.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s